Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl resto del camino transcurrió con armonía entre bromas, comentarios tontos, risas que parecían curar algo. Isabella se sintió ligera por primera vez en días. Y Enzo… bueno, él sintió algo demasiado claro:
No estaba listo para dejar de quererla. El auto se detuvo frente a la mansión Salazar. Isabella salió del auto. Enzo iba a hablar cuando la puerta trasera se abrió y Valeria se inclinó hacia adelante con una sonrisa cansada. —Antes de que entres —dijo, extendiéndole una bolsa térmica—. Come, por favor. Te conozco, Isabella. No has probado nada en horas. Isabella tomó la bolsa y le sonrió agradecida. —Gracias, Val… en serio. No sé qué haría sin ti. —Morirte de hambre, probablemente —bromeó Valeria, dándole un pequeño golpe en el brazo. Ella se despidió de ambos y se alejó un poco del auto y pudo escuchar a Valeria decirle a Enzo: —Vamos, conductor estrella. Llévame a






