Aimée
Sonreí.
Pero esa sonrisa, no la reconocí. No me pertenecía ayer. Era nueva. Cargada de una tensión oscura, de una certeza peligrosa. Ya no era la de una niña. Era la de una mujer en proceso de convertirse. Una criatura nacida en el dolor, alimentada en el silencio, y que había probado el poder. Un poder extraño, doloroso. Sulfurosos.
Fuera, la noche aún mantenía el cielo como rehén. Dentro, algo se había levantado en mí. Glacial. Afilado. Y curiosamente luminoso. Como una hoja bajo la luna.
No cerré los ojos. Todo mi cuerpo aún vibraba. Mis caderas, mis muslos, mi espalda... Estaba marcada. No por la ternura. Por la exigencia. Por su brutalidad fría. No me tomó como se acaricia. Me tomó como se afirma. Y a pesar de la mordedura, a pesar del vértigo... quería más. Mi vientre gritaba la falta. Mi sexo lloraba la ausencia.
Me levanté. Desnuda. Deliberadamente. Como un desafío lanzado al universo.
El silencio de la casa me parecía casi sagrado. Crucé el pasillo, lentamente, hasta el