El espejo no mentía.
Le devolvía a Aimée la imagen de una extraña. Una chica con la mirada dilatada, maquillada en exceso para disimular lo que desbordaba desde su interior. Los labios hinchados, violáceos, marcados por un beso prohibido. El pelo revuelto, traicionando la agitación de sus dedos que lo habían tirado y tirado, entre dudas y deseos.
Y sus mejillas… Sus mejillas lucían un rubor indeleble. No el del colorete. El de la vergüenza. El del fuego que no se puede apagar.
No se había cambiado de ropa desde la cena. No se había atrevido. Como si la más mínima prenda limpia hubiera sido una mentira. Se había quedado allí, acurrucada en el borde de su cama, la espalda apoyada en la pared, las rodillas dobladas, los brazos en cruz. Parecía una niña. Pero su corazón latía como el de una mujer al borde de la falta.
La voz de Justin resonaba todavía, incrustada en sus tímpanos, grave y cortante, dulce e implacable:
"Reúnete conmigo. En silencio."
No había pronunciado su nombre. No lo ha