El espejo no mentía.
Le devolvía a Aimée la imagen de una extraña. Una chica con la mirada dilatada, maquillada en exceso para disimular lo que desbordaba desde su interior. Los labios hinchados, violáceos, marcados por un beso prohibido. El pelo revuelto, traicionando la agitación de sus dedos que lo habían tirado y tirado, entre dudas y deseos.
Y sus mejillas… Sus mejillas lucían un rubor indeleble. No el del colorete. El de la vergüenza. El del fuego que no se puede apagar.
No se había cambi