Aimée
Me quedé allí.
Mucho tiempo.
La cara en las sábanas aún arrugadas por él.
Mi cuerpo latía fuera de ritmo. Mi vientre dolía, pero estaba vivo.
Demasiado vivo.
Cada nervio, cada fibra, cada recuerdo de sus gestos vibraban en mí. Y en el silencio de la habitación, ya no era nada… excepto para él.
No sé cuánto tiempo esperé, desnuda, tendida, las muñecas aún marcadas por el cuero. Me había dejado abierta. Y cerrada. En el mismo gesto. Como un ritual. Como un veneno. Un veneno dulce, invasivo, que me había penetrado hasta el alma. Aún podía sentir su mirada sobre mi piel, pesada, ardiente, una huella más persistente que todo lo que me había hecho.
El tiempo se estiró, suspendido. Mis pensamientos estaban fragmentados, en pedazos esparcidos que ya no encajaban. Me sentía… más que rota. En pedazos, sí. Pero también, en un extraño paradoja, más completa que nunca. Cada desgarro en mí había dado paso a una nueva versión de mí misma, más oscura, más intensa. Una versión que