Élise
La mesa se doblega bajo nuestros cuerpos. Gabriel me aplasta con una brutalidad ardiente, sus manos manteniéndome prisionera, sus dedos apretados en mis caderas como tenazas ardientes. El frío del metal atraviesa mi ropa, pero su calor feroz consume todo, borrando cada resistencia que creía aún tener.
Su boca se abate sobre la mía, golpes de labios, mordiscos, besos demasiado violentos para ser tiernos. Me ahogo, lucho, pero mis dedos se aferran a su camisa involuntariamente, la arrugan, la tiran como si retener esa tela pudiera contener el incendio. Sus manos se deslizan, exploran, arrancan, empujan. Mi aliento se quiebra, mi cuerpo tiembla, dividido entre la rabia y el deseo que me aniquila.
Lo empujo, pero él vuelve más fuerte. Su pecho golpea contra el mío, su boca se desliza por mi garganta, dejando una estela de mordiscos y calor. La mesa gime bajo nuestros movimientos. Los documentos se esparcen, caen en un estruendo ahogado, barridos como si nada más existiera que esta l