Elise
Retrocedo un paso, mis mejillas ardiendo, mi aliento aún irregular. El calor sobre mi piel no ha disminuido, pero una quemadura más sorda, más íntima, me desgarra las sienes: la vergüenza. La vergüenza de haberme abandonado, de haberme perdido en este incendio que encendimos juntos. Y el miedo… el miedo de que él haya leído lo que no quería mostrar.
Gabriel me mira, inmóvil, sus ojos de sombra y fuego me atraviesan. Su sonrisa es apenas perceptible, pero desafía, provoca, impone. Quisiera huir, desaparecer, cavar un abismo entre nosotros, pero cada paso que doy me regresa a él, al peso de su presencia, a la huella ardiente de su piel contra la mía.
— Escucha… comienza suavemente, pero su voz tiembla a pesar de él. El tumulto que apenas contiene resuena en cada sílaba.
Desvío la mirada, incapaz de escucharlo, y mi instinto me traiciona. Mi mano vuela a su mejilla en un gesto brutal, seco, espontáneo: una bofetada. La única arma que aún puedo blandir contra él… y contra mí misma.