Elisa
La salida del tribunal está bañada por un sol de final de tarde, pero ningún rayo logra iluminar la confusión que me habita. Cada paso sobre el pavimento resuena en mi pecho como un tambor sordo, cada aliento se vuelve pesado, cargado de anticipación y tensión. Intento recordarme la razón, persuadirme de que soy dueña de mí misma, de que no cederé a esta tormenta que ruge desde hace semanas entre Gabriel y yo.
Y sin embargo… él está ahí. Justo donde temía encontrarlo. Sus ojos me encuentran antes de que yo pueda verlo claramente, y siento esa calidez insidiosa, ardiente, invadirme y paralizarme. Permanece en silencio, pero su simple presencia es suficiente para sacudir mis resoluciones, para hacer tambalear mi disciplina.
— Elisa… murmura, casi un susurro, como si conociera la falla en mi armadura.
Me detengo, mis tacones golpeando el pavimento con un ritmo irregular. Mi corazón se acelera, mis manos se crispan contra mis dedos, como para contener ese temblor que me niego a admi