A la mañana siguiente desperté con el movimiento de Andrés, pero me hice la dormida para no tener que besarlo.
Sentí cómo me tomó en brazos y me llevó a la que era nuestra habitación.
Seguía siendo muy dulce, pero todo el daño que había causado no era perdonable. Me había encerrado, se había hecho pasar por el padre de mi hija, y por lo poco que podía recordar, había sido un hombre muy violento. La pregunta era: ¿por qué hacía todo eso?
Me incorporó a nuestra cama y me tapó con una cobija. El p