Enjaulados, abrazados y con frío. Igual que convictos de una película. La borrachera se nos había pasado a ambos y el cansancio era tanto que no éramos capaces de hablar.
Nicholas me daba tiernos besos en la coronilla de la cabeza para hacerme sentir mejor, pero ni eso resultaba. Me sentía culpable y muy irresponsable.
—Bien, matrimonio feliz, pagaron la fianza y vienen por ustedes. Espero no tener que volver a verlos por aquí —dijo el policía que nos abrió la celda.
Avergonzada y tomada de la