Tuve mis dudas y quise apartar la vista, pero decidí intentarlo.
Esperé unos segundos, mastiqué… y luego tragué.
—Deberías haberlo abofeteado —respondí.
—¿Escuchaste todo? —preguntó ella.
Asentí. El silencio llenó la habitación. Señalé la marca en sus muslos.
Se disculpó y siguió alimentándome. Los huevos no estaban mal; no era tan mal cocinero. En otra vida, habría tomado clases de cocina.
—Tenía razón en lo que dijo —continuó ella—. Dio directo en la verdad. Por eso no le devolví la bof