Levanté el puño y le di un golpe leve en la parte trasera de la cabeza.
—¡Ay! —gritó.
Lo abracé aún más fuerte y le dije que se lo había ganado.
—¿Vamos a Canadá? Y si no… ¿cómo demonios lograste instalar cámaras en todo un hospital? —pregunté.
—No —respondió—. El esperma ya está en tránsito hacia aquí, y el hospital pertenece a un amigo. Sólo el piso donde está Julian tiene cámaras. Ahora quítame las manos de la cintura.
—¿Por qué? —pregunté.
—Me estás apretando el pecho —respondió