Entonces, el infierno se desató.
Cayó al suelo con un golpe seco. Me quedé congelado, confundido, sin saber si estaba vivo o muerto. El arma salió despedida y se deslizó por la habitación, mientras su cuerpo quedó tirado al otro lado. Dudé un segundo en recogerla. Nunca fui un hombre de armas, pero acababa de irrumpir en mi casa y me había apuntado a la cara. Necesitaba defenderme.
Su cuerpo empezó a temblar. Espuma y sangre salían de su boca, como si estuviera convulsionando. Ya había vist