Se lo expliqué y vi cómo su rostro se contraía de dolor. Me agarró del cabello por detrás con todas sus fuerzas, casi haciéndome gritar. Tomé el arma, pero decidí no usarla. Yo estaba sentada, así que él se alzaba sobre mí. Levanté la cabeza y lo miré fijamente, sujetándolo de la camisa.
—Aún no he terminado —rugí.
—Valeria… ¿qué hiciste con ese lunático? ¿Qué hiciste con él? —preguntó.
—Antes de que te castraran, cosechamos tu esperma. Lo recibimos y yo fui inseminada. La estrategia era sencil