Al dirigirse a casa del señor Graham, el corazón de Rebeca estaba desenfrenado, no sabía por qué, pero se sentía aprensiva y con un dolor persistente en su cabeza, aunque era leve, había una molestia, era como si se acercara a su final, pero como un nuevo comienzo, imposible poner en palabras lo que sentía.
Los niños estaban felices por ir juntos, que no se percataron nunca de la atmósfera casi asfixiante que había entre sus padres. Por su parte Marcos estaba feliz, también muy preocupado como