Capítulo 2

Alberto la estudió en el reflejo del espejo, y algo en su rostro se suavizó con una ternura que ni él mismo esperaba sentir.

—No mereces esos golpes —murmuró, la voz quebrada—. Nadie los merece.

Ana se tensó. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre la tela de la sudadera, como si pudiera estrangular el pasado con solo apretar.

—No es nada —susurró, frágil como vidrio a punto de astillarse—. Es una vida que nunca elegí. Si me encuentra… será el fin.

—No dejaré que eso pase —respondió él, sorprendido por la firmeza de sus propias palabras—. No esta noche.

Un grito áspero rasgó el pasillo:

—¡Sé que está por aquí!

Ana palideció. Alberto, sin pensarlo, tomó su mano. El contacto fue eléctrico, un ancla en medio de la tormenta.

—¿Puedes correr rápido?

—Sí —respondió ella, la voz convertida en desafío al destino—. Puedo correr muy rápido.

Se detuvo un segundo. Con furia contenida, se arrancó el anillo de boda del dedo. El metal brilló un instante bajo la luz mortecina antes de estrellarse contra la bufetera, junto a la botella de whisky. El sonido fue limpio, liberador.

—No volveré a él —juró en voz baja, los ojos ardiendo con alivio y rebeldía.

No había tiempo para más. Los pasos se acercaban como truenos. Alberto la guio hacia la puerta de servicio. Corrieron por los pasillos interminables; sus pisadas resonaban contra el mármol frío, el eco de su huida mezclándose con el latido desbocado de sus corazones. En un recodo oscuro, él la empujó contra la pared, cubriéndola con su cuerpo.

—Silencio —susurró, un dedo sobre los labios.

Pero sus miradas se encontraron. El gesto protector se transformó en algo más profundo, una caricia silenciosa que detuvo el tiempo. Bajo la luz tenue de una lámpara lejana, Alberto la miró con una dulzura que lo sorprendió incluso a él. Ana, vulnerable y fuerte al mismo tiempo, le devolvió la misma intensidad: miedo, gratitud y una chispa que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.

El momento se quebró con el estruendo de una puerta al abrirse.

—¡Está aquí! —rugió una voz desde la habitación 312.

Diego irrumpió como una sombra furiosa, el clavel rojo torcido en su solapa. A su lado, Marco, el de la cicatriz, escudriñaba el caos. La mirada de Diego cayó sobre el anillo abandonado en la bufetera. Lo tomó con nudillos blancos.

—Te pondrás este maldito anillo de nuevo —juró, la voz convertida en veneno puro que resonó en la habitación vacía.

—Vámonos —susurró Alberto, apretando la mano de Ana con urgencia.

Corrieron hacia la salida de servicio. El aire frío de la madrugada los golpeó como una promesa de libertad cuando cruzaron el umbral. Pero en sus manos entrelazadas, en la mirada que compartieron un segundo antes de perderse en la noche, había nacido algo peligroso: un amor efímero, sí, pero lo bastante feroz para desafiar a las sombras.

El amanecer pintaba el horizonte con pinceladas de gris y rosa, rozando los callejones tras el Hotel Le Ciel, donde la noche aún se resistía a morir. Alberto guiaba a Ana por la salida de emergencia, su mano firme alrededor de la de ella. La sudadera gris colgaba de su figura como una armadura improvisada; los pantalones de ejercicio y los tenis negros con cordones blancos marcaban su transformación: de novia fugitiva a sombra libre. Su cabello revuelto danzaba en mechones rebeldes, por fin liberado del tul que lo había aprisionado.

Cruzaron la calle. El aire frío mordía la piel. Alberto se detuvo bajo una farola solitaria, respiración agitada.

—Bueno —dijo, voz grave y ronca—. Es todo. Eres libre.

Ana lo miró. Sus ojos brillaban bajo la penumbra, como si las palabras fueran un puente que aún no estaba lista para cruzar.

—Gracias —murmuró, la gratitud pesando más que cualquier palabra—. No tengo teléfono ahora. ¿Podrías… pedirme un taxi?

Alberto arqueó una ceja. Una risa breve, cálida, escapó de sus labios.

—¿Un taxi? —repitió, tono burlón pero lleno de ternura.

Se giró hacia el BMW negro estacionado junto a la acera. El auto relucía como un felino al acecho.

—El taxi ya está aquí.

Ana parpadeó, recorriendo el vehículo con asombro y cautela.

—Oh, wow —susurró.

Caminó hacia él, figura frágil bajo la ropa prestada, cabello desordenado cayendo como un lienzo roto. Se detuvo un instante, dudando.

—No tengo dinero ahora, pero… me aseguraré de compensártelo. ¿Está bien?

Alberto la observó: mejillas desnudas, labios temblorosos, la chispa de desafío en sus ojos. Una sonrisa coqueta curvó sus labios.

—Con un beso apasionado será suficiente —dijo, voz baja, un desafío suave y peligroso.

Ana se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron con sorpresa. Luego, una sonrisa tímida pero audaz asomó en su rostro.

—Bueno, de eso no hay duda. Pero estoy acostumbrada a pagar los taxis con dinero.

La respuesta lo desarmó. Una punzada de admiración genuina lo atravesó. Ella no caía rendida ante su encanto; había una fuerza serena en su franqueza que lo atraía más que cualquier entrega fácil. Con un gesto caballeroso, abrió la puerta del pasajero. Su mano se detuvo un segundo más en el marco, como si quisiera retener aquel instante para siempre.

Condujeron en silencio. El ronroneo del motor llenaba el espacio donde las palabras aún no se atrevían a nacer. Las calles desfilaron como un sueño borroso hasta que el BMW se detuvo frente a una mansión de muros blancos y jardines que susurraban riqueza y secretos. El amanecer bañaba la fachada, dándole el aspecto de un refugio… y de una prisión.

—¿Esta es la casa de tu madre? —preguntó Alberto, voz suave pero cargada de curiosidad.

Ana asintió. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre la sudadera.

—Sí —respondió, sincera—. Gracias por ayudarme. Buscaré el dinero. Solo espera, ¿está bien?

Alberto rio, un sonido cálido que rompió la tensión.

—Ni siquiera lo intentes —dijo, inclinándose hacia ella. Sus ojos brillaban con diversión y algo mucho más profundo—. Pero puedes darme tu número.

Ana sonrió. Una chispa de humor suavizó sus sombras.

—Te daré mi número… tan pronto tenga uno nuevo —respondió, y su risa fue alivio y desafío a la vez.

Había escapado con nada más que su voluntad de sobrevivir: sin teléfono, sin dinero, sin certezas.

—Buena suerte —dijo él, abriendo la puerta con una cadencia que era despedida y promesa al mismo tiempo.

Sus pasos resonaron en el pavimento, lentos pero firmes, hacia la mansión. Alberto la observó: su figura recortada contra el alba, pequeña y valiente. Algo en su pecho se removió con fuerza. No era solo el placer de haberla conocido.

Era la certeza absoluta de que aquel no era el final.

Que apenas era el comienzo.

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