Capítulo 15
Alberto se quedó mirando la pared del dormitorio como si las grietas del yeso guardaran las respuestas que aún no se atrevía a pronunciar. La luz de la lámpara de noche caía sesgada sobre su rostro, acentuando las sombras profundas bajo sus ojos y el surco de cansancio que le cruzaba la frente. El aire olía a whisky viejo, a vendaje fresco y a la piel de Ana, que seguía arrodillada frente a él, las manos entrelazadas con las suyas, cálidas y temblorosas. El silencio entre ellos era tan denso que
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