Capítulo 2: La esposa perfecta

Capítulo 2: La esposa perfecta

A pesar de haber tomado la firme decisión de divorciarse la noche anterior, aún no había firmado los papeles.

Esa mañana, en la sala de juntas de las Empresas Kingston, se llevaba a cabo una reunión de urgencia.

—¿Otra vez? Ya van seis revisiones —protestó Ricardo, empleado y amigo cercano de Julian.

—No me importa —respondió Julian con firmeza—. El margen de error con los fondos estatales es cero.

Fue entonces cuando llegó la broma que ella sabía que, tarde o temprano, caería.

—Oye, Julian, cuando Chloe entró al hotel... ¿Vanessa estaba en ropa interior? ¿Lloró mucho? —Diego, otro de los amigos de Julian, soltó una carcajada.

Julian no lo negó.

Se limitó a sonreír, como si hablar de su propia esposa como el chiste del día fuera lo más natural del mundo.

—¿De dónde sacan tantos chismes? Es una historia bastante creativa.

—Julian, Chloe no está a tu nivel social ni familiar —intervino Ricardo—. Deberías divorciarte pronto. Hay muchas mujeres allá afuera con mejores conexiones para la empresa.

Al otro lado del cristal de la sala de juntas, ella observaba a Julian en silencio. Se veía tan tranquilo, hablando de sus infidelidades como si se tratara de un chiste corporativo digno de aplaudir, sin importarle en lo más mínimo que estuvieran humillándola públicamente.

Sin embargo, Austin, otro amigo de Julian que estaba recostado con pereza en su silla, miró al grupo con evidente desaprobación.

—Vamos, viejo, no escuches tonterías. Chloe te ayuda a manejar esta empresa y te cuida la casa. Mientras tú te vas de fiesta, ella, en lugar de reclamar, te cubre las espaldas ante los medios. ¿Qué otra mujer haría eso? Más bien deberías levantarle un monumento por ser la esposa perfecta. Tienes una joya y todavía te quejas.

Las palabras de Austin no tardaron en generar protestas entre los presentes.

—Eso se llama hacerse la vista gorda para no perder el puesto —soltó Giselle, una inversionista y amiga de Julian—. Cualquiera puede ser un tapete, Julian. Hasta yo, y mi fondo fiduciario es el triple que el de ella.

—Por favor, Giselle, ponte en la fila. Primero está Vanessa —se burló Ricardo.

Desde la cabecera de la mesa, Julian soltó un bufido de fastidio.

—Ya dejen de hablar estupideces y pónganse a trabajar.

Mientras las risas resonaban en la sala, Chloe se dio la vuelta y caminó en silencio hacia su oficina. Al entrar, cerró la puerta con llave, se sentó frente al escritorio, abrió el cajón y sacó el acuerdo de divorcio.

El eco de las burlas aún zumbaba en sus oídos, de repente, se llevó una mano al estómago, donde el estrés le había instalado como un nudo permanente desde hacía años.

Y entonces, de pronto, el nudo se soltó.

No porque le doliera menos, sino porque había dejado de importarle.

En su lugar, quedó una calma extraña, fría y absoluta.

Ellos se burlaban de su origen, pero Chloe estaba orgullosa de sus raíces. Su madre había sido una maestra que falleció cuando ella apenas tenía doce años; su padre, un policía que murió en cumplimiento del deber.

Solo le quedaba su tío, quien había estado en el ejército, aunque no como un alto oficial, sino como el chófer de confianza del abuelo de Julian.

Por esa razón se conocían desde niños.

Al casarse, el viejo patriarca de los Kingston la había colocado en la empresa como vicepresidenta para que apoyara a Julian... o más bien, para que fuera su freno de mano.

Pero ella nunca pudo controlarlo.

Y ya no quería seguir siendo el obstáculo en el camino de Julian hacia su verdadera felicidad, ni el hazmerreír de su junta directiva.

Se arregló el traje, tomó una carpeta con los presupuestos estatales y colocó los papeles del divorcio justo debajo. Esperó a que la reunión terminara y caminó con paso firme hacia la oficina de la presidencia.

Justo cuando se acercaba, Julian abrió la puerta. Al verla, un destello de sorpresa cruzó por sus ojos al notar la intensa frialdad en la mirada de ella.

—¿Pasa algo?

—Necesito que firmes unos documentos.

Julian se dio la vuelta, regresó a su escritorio y tomó un bolígrafo. Firmó los dos primeros documentos sin siquiera mirarla.

Bolígrafo aquí, firma. Bolígrafo allá, sus iniciales.

Chloe esperó, contó hasta tres en silencio y luego deslizó el acuerdo de divorcio sobre la mesa.

—Esto también.

Él leyó el encabezado y levantó la vista de inmediato hacía ella, dejando el bolígrafo suspendido a medio centmetro del papel.

—Revisa tu agenda. Esta semana vamos al registro a introducir el divorcio.

Con el bolígrafo aún suspendido en el aire, Julian Kingston, por primera vez en su vida, se quedó completamente sin palabras.

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