—Ya basta —Liana detuvo su brazo—, estás ebrio. Deja que la regeneración elimine el alcohol de tu sistema para que te recuperes.
Auguste dejó la copa de vino y puso los ojos en blanco.
—Lo… lo que desees —dijo arrastrando las palabras.
Los hombres lobos también se embriagaban, normalmente necesitaban tres veces o a veces cuatro de la cantidad que noquearia a un humano. Así que Auguste debía haber acabado al menos una docena de botellas de vino para llegar a ese estado.
Liana miró de reojo, nota