La muerte de Benja había dejado una herida profunda en todos. Era una ausencia que se sentía en el aire, en los silencios prolongados, en la manera en que las niñas se aferraban a su madre, y en la forma en que Elizabeth vagaba por el refugio como una sombra.
Ya nadie confiaba en el sol, ni en el canto de los pájaros. Lo que había parecido esperanza se reveló como una trampa, y ahora cada amanecer era sospechoso. Se hablaba poco, y cuando se hablaba era en susurros. La niebla no había vuelto a