La mañana había llegado con una extraña claridad. El sol, tímido durante días, asomó su luz dorada entre las nubes, iluminando el refugio con un calor suave, casi irreal. La niebla… había desaparecido.
Diego fue el primero en notarlo. Se asomó desde una de las pequeñas torres de vigilancia construidas alrededor del refugio y parpadeó varias veces, incrédulo. Durante tanto tiempo, la presencia opresiva de aquella niebla había sido una constante: una manta gris, densa y helada, que traía consigo