La reunión empezó con una mesa, dos sillas y un documento de cuatro páginas que Valentina había titulado, con su habitual exceso de rigor, *Protocolo de representación conjunta: Fase Monteclaro-Isla*. Andrés lo leyó en silencio, pasó la última página, y lo dejó sobre la mesa con la misma expresión que pondría alguien a quien acaban de entregar las instrucciones de un microondas en otro idioma.
—¿Hay examen al final? —preguntó.
—Hay consecuencias al final —dijo Valentina—. Que es peor.
Estaban e