Mundo ficciónIniciar sesiónEl miércoles por la mañana, Valentina le dijo a Andrés que se pusiera el traje gris, el más viejo que había traído, y que llevara la carpeta con las proyecciones del tercer trimestre. No le dijo adónde iban. No le dijo quién estaría ahí. Lo dejó descubrirlo solo, porque esa también era una forma de humillación.
La sala de juntas del piso diecisiete de Ríos Consulting tenía doce sillas y ese miércoles las doce estaban ocupadas. Directivos, inversores, el abogado corporativo. Personas que en otra época habrían llamado a Andrés Vargas por su nombre en salas similares a esa, que habrían escuchado su opinión antes de tomar decisiones que movían millones. Valentina lo sabía. Por eso lo había traído.
Entró a la sala con él dos pasos atrás y dejó que todas las miradas hicieran su trabajo. Se sentó en la cabecera, abrió su carpeta y señaló con la barbilla la silla junto a la pared, la que no estaba en la mesa sino apartada de ella, la silla donde se sentaban los asistentes que venían a tomar notas y a no tener opiniones.
—Caballeros —dijo, con esa voz suya de reunión que no levantaba ni un milímetro el volumen y aun así llenaba cualquier espacio, —él es Andrés. Mi asistente personal.
Solo eso. Sin apellido. Sin historia. Sin el título universitario con mención honorífica ni los ocho años que había pasado dirigiendo Vargas Capital antes de que todo se cayera. Mi asistente personal, pronunciado con la misma cadencia con que podría decirse mi coche o mi teléfono. Algo útil. Algo sin nombre propio que importara.
Tres personas en esa mesa lo reconocieron. Valentina lo vio en sus caras: el parpadeo, el cálculo rápido de si decir algo o callarse. Dos callaron. El tercero era Guillermo Salas, y Salas nunca callaba cuando tenía algo con qué hacer daño.
—Andrés Vargas —dijo Salas, con esa voz que usaba para envolver las cuchillas en terciopelo. —Qué sorpresa verte aquí, en este rol. ¿Cómo están las cosas por el grupo Vargas? ¿Todavía queda algo de pie?
El silencio que siguió fue el tipo de silencio que se produce cuando todo el mundo entiende lo que acaba de pasar y nadie sabe si intervenir o seguir mirando. Valentina mantuvo los ojos en su carpeta. Quería ver cómo respondía Andrés con doce pares de ojos encima y sin ningún lugar donde esconderse.
Andrés dejó que el silencio durara exactamente lo suficiente para que Salas creyera que había ganado algo. Después levantó la vista del informe que tenía sobre las rodillas y miró a Salas con una calma que no necesitaba defensa porque no sentía el ataque como tal.
—Disculpe que lo interrumpa, señor Salas. Su voz era baja y directa. —La proyección de costos logísticos que acaban de mostrar no incluye los aranceles diferenciados de enero. Son tres puntos porcentuales que hacen que todas las cifras de expansión que están discutiendo estén subestimadas. ¿Quién validó este informe antes de la reunión?
Salas abrió la boca. La cerró. Miró su pantalla. El director financiero empezó a buscar algo entre sus papeles con una urgencia repentina que no engañó a nadie. El silencio que siguió era completamente distinto al anterior: era el silencio de doce personas que acababan de ver a alguien ser desmontado con una pregunta técnica desde la silla de los asistentes.
Valentina levantó la vista de su carpeta.
Andrés tenía razón sobre el error. Ella lo sabía porque ese error era suyo, guardado para usarlo en el momento preciso en que le fuera más útil dentro de la negociación. Y Andrés lo había visto en la carpeta mientras esperaba junto a la pared, lo había leído, y lo había sacado a la mesa antes de que ella pudiera elegir el momento. Le había robado su jugada desde la silla del asistente, frente a doce personas, sin pestañear.
La reunión continuó. Salas no volvió a mirar hacia la silla junto a la pared.
Bajaron en el ascensor solos. Las puertas se cerraron y el espacio se volvió inmediatamente pequeño, ese tipo de pequeño que no tiene nada que ver con los metros cuadrados sino con lo que dos personas tienen sin decirse y que ocupa más lugar que cualquier cuerpo. Valentina miraba los números descender sobre las puertas. El perfume de ella y la colonia de él se mezclaban en el aire de la cabina de una manera que ella decidió ignorar activamente.
—Ese error era mío —dijo, sin girarse. —Lo tenía guardado. Iba a usarlo yo, cuando yo decidiera. No te pedí que intervinieras.
—Salas iba a usarlo contra ti antes de que pudieras usarlo tú.
—No me importa lo que iba a hacer Salas. Me importa que actuaste sin mi autorización. Eres mi asistente, Andrés. Eso significa que no haces nada sin que yo te lo pida.
Andrés se giró hacia ella. Y entonces dio un paso. Un solo paso en esa cabina sin espacio de sobra, y de pronto la distancia entre los dos era de menos de un palmo, tan poca que Valentina podía ver el detalle exacto del color de sus ojos bajo la luz fría del ascensor, y tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no moverse hacia atrás porque moverse hacia atrás era perder.
—Dime que no quieres que lo haga —dijo él, con esa voz baja que no necesitaba más volumen para llegar exactamente donde quería llegar, —y no lo hago.
Valentina abrió la boca. Tenía la frase preparada, corta y definitiva, el tipo de respuesta que ella daba en reuniones y en negociaciones y en cualquier situación donde alguien le planteaba algo que no le convenía aceptar. La frase estaba ahí, lista para salir.
No salió.
Porque decir que no quería que lo hiciera era mentira, y Andrés lo sabía, y ella sabía que él lo sabía, y los dos estaban a un palmo de distancia con eso flotando entre ellos sin que ninguno de los dos lo nombrara. Su mirada bajó un momento a la boca de él, involuntariamente, y cuando volvió a subir sus ojos seguían en los de ella, sin moverse, esperando una respuesta que ella no podía dar sin traicionarse.
Las puertas del ascensor se abrieron al vestíbulo.
Andrés se apartó, recogió la carpeta del suelo de la cabina y salió primero, con ese paso tranquilo suyo que no esperaba confirmación de nada. Valentina se quedó un segundo dentro con la mano en el borde de la puerta, mirando su espalda alejarse hacia la salida del edificio, y respiró por primera vez en lo que parecían varios minutos.
En el coche de vuelta al penthouse ninguno habló. Valentina miraba por la ventana y Andrés miraba por la suya, y el silencio entre los dos ya no era el mismo de la mañana. Era más pesado. Tenía la textura de las cosas que estuvieron a punto de pasar y no pasaron, que son siempre más difíciles de ignorar que las que sí ocurren.
Esa noche, pasadas las once, Valentina pasó frente al pasillo
hacia la cocina y escuchó la voz de Andrés al otro lado de la puerta entornada de su habitación. Estaba hablando por teléfono en voz baja. No escuchó las palabras. Escuchó el tono. Era el tono que él usaba cuando hablaba con alguien que le importaba de una manera específica, íntima. El tono que en otra época había reservado solo para ella.






