Mundo ficciónIniciar sesiónEl jueves por la noche, Valentina salió de su estudio pasadas las once buscando agua y encontró la luz del comedor encendida, los estados financieros de Ríos Consulting extendidos sobre su mesa y a Andrés Vargas inclinado sobre ellos con el lápiz en la mano como si ese fuera su despacho y esos fueran sus documentos.
Se quedó parada en el umbral durante un momento. Lo suficiente para ver que llevaba un buen rato ahí, que las anotaciones en los márgenes eran numerosas y ordenadas, que había estado estudiando sus finanzas con la concentración de alguien que busca algo específico. Después entró al comedor.
—¿De dónde sacaste eso?
Andrés levantó la vista sin apresurarse.
—Del cajón de tu estudio. Estaba abierto.
—Que esté abierto no te da acceso a nada. Valentina caminó hacia la mesa. —Esos documentos son confidenciales. No los tocas. No los lees. No entras a mi estudio sin que yo te lo pida. ¿Queda claro?
—Hay una trampa en tu contrato con Altea —dijo él, sin moverse de la silla. —Página diecisiete. La cláusula de exclusividad está redactada para que no puedas competir con cuatro empresas específicas sin perder casi la mitad de lo que tienes. Alguien la puso ahí a propósito.
—No te pedí tu análisis.
—No. Pero lo necesitas de todas formas.
Valentina tomó los documentos de la mesa de un golpe, recogiendo todas las hojas sin cuidar el orden, y los apretó contra su pecho.
—Escúchame bien —dijo, y su voz bajó un registro, que era la señal de que la rabia había pasado del nivel visible al nivel peligroso. —Te compré para humillarte. Para que pasaras treinta días recibiendo órdenes mías y cargando mis bolsos y sentándote en la silla de los asistentes delante de gente que te conocía como algo más. Eso es lo que compraste cuando desapareciste hace cinco años sin una sola explicación. No te compré para que me protejas. No te compré para que me rescates. No necesito nada de ti excepto que cumplas lo que dice el contrato y te mantengas fuera de lo que no te pertenece.
Andrés se puso de pie despacio. Muy despacio. Y la miró de una manera que Valentina no supo clasificar de inmediato porque no era rabia ni tampoco era la calma de siempre. Era algo más directo que cualquiera de las dos cosas.
—Sabes perfectamente por qué me compraste —dijo, —y no tiene nada que ver con la venganza.
El comedor se quedó en silencio. Valentina sostuvo su mirada durante un segundo y después le tiró los documentos encima. No con violencia calculada sino con la rabia de quien ya no puede contenerse más, y los papeles se dispersaron entre los dos, cayendo sobre la mesa, sobre el suelo, sobre la silla.
Andrés bajó la vista hacia los documentos dispersos. Los recogió uno por uno sin prisa, sin apartar los ojos de ella más que el tiempo estrictamente necesario para saber dónde estaba cada hoja. Los apiló con cuidado sobre la mesa. Y después la miró de nuevo, con esa misma expresión directa, como si los papeles en el suelo fueran información sobre ella que él ya tenía y que acababa de confirmar.
Dio un paso hacia ella.
Valentina no retrocedió porque nunca retrocedía, y eso fue su error, porque él dio otro paso y otro más hasta que la distancia entre los dos desapareció y su espalda encontró la pared del comedor sin que ella hubiera decidido llegar hasta ahí. Andrés se detuvo a un centímetro. Su pecho casi rozaba el de ella. El calor de su cuerpo llegaba antes que cualquier contacto. Valentina podía escuchar su propia respiración y la de él en el silencio del apartamento, y el olor de su colonia a esa distancia era un problema físico que no tenía ninguna solución racional.
Sus ojos bajaron a su boca. Ella lo vio hacerlo.
La habitación entera esperó.
Andrés inclinó la cabeza hacia ella, despacio, hasta que su boca estuvo a la altura de su oído, y dijo algo en voz tan baja que las palabras se disolvieron antes de que el lector pudiera atraparlas, algo que solo Valentina escuchó, algo que le llegó directo al centro del pecho y que hizo que sus manos, que habían estado apretadas contra la pared, aflojaran la presión un milímetro.
Después se apartó.
No de golpe. Con la misma lentitud con que se había acercado, como si el espacio que ponía entre los dos le costara tanto como el que había quitado. Se giró hacia la silla para recoger su portátil y fue en ese movimiento, cuando la camisa se tensó en su costado derecho, que Valentina lo vio.
La cicatriz recorría su costado desde debajo de la última costilla hasta la cadera, larga e irregular, blanca contra su piel con el color permanente de las heridas que tardaron mucho en cerrarse. No era quirúrgica. Era la clase de marca que deja algo que ocurrió rápido y sin preparación y con mucha fuerza, la clase que no desaparece con los años sino que se asienta en el cuerpo como si siempre hubiera estado ahí.
En dos años de relación, Valentina había conocido el cuerpo de Andrés con la intimidad que da el tiempo compartido. Esa cicatriz no existía entonces. Era posterior. Era de los cinco años entre la iglesia y ese comedor.
—¿Cuándo te pasó eso? —preguntó, y su voz sonó distinta a como había sonado en todo el capítulo. Sin filo. Sin administración.
Andrés se quedó quieto. Después se giró hacia ella despacio y la miró, y en su cara había algo que Valentina no le había visto en todos estos días, algo que se parecía a un peso que ha estado demasiado tiempo en el mismo lugar y que ya no puede moverse aunque se quiera.
—El mismo día que te dejé esperando.
Valentina escuchó esas palabras y las escuchó otra vez dentro de su cabeza y todas las versiones de la historia que había construido durante cinco años empezaron a tener una grieta que no había tenido hasta ese momento. Andrés no había llegado a la iglesia porque el mismo día alguien le había abierto el costado. Y él había elegido desaparecer en lugar de decírselo. Había dejado que ella lo odiara durante cinco años porque eso era más seguro que la verdad.
Valentina levantó la mano sin decidirlo del todo. Sus dedos encontraron el borde de la cicatriz con cuidado, apenas rozando la piel, un contacto tan breve que podría no haber ocurrido. Andrés no se movió. No respiró de manera diferente. Solo la dejó tocar lo que cinco años antes había decidido que ella no podía saber que existía.
Valentina apartó la mano.
Y antes de que pudiera terminar ese movimiento, la mano de Andrés cubrió la suya. Con suavidad, sin fuerza, sin exigir nada. Solo la retuvo ahí, sobre su costado, sobre la cicatriz, con una presión tan ligera que era casi una pregunta.
Valentina no apartó la mano.
Andrés no dijo nada. El comedor estaba en silencio y afuera la ciudad seguía moviéndose sin saber nada de lo que estaba pasando en ese apartamento. Y fue entonces que el teléfono de Andrés vibró sobre la mesa. Él bajó la vista hacia la pantalla. Valentina también la bajó. El nombre que apareció en la pantalla era el de una mujer. Y Andrés soltó su mano para contestar.






