Mundo de ficçãoIniciar sessãoAndrés Vargas llegó al penthouse el lunes a las ocho en punto con una maleta pequeña de ruedas y la misma expresión de la noche de la gala, como si treinta días en casa de la mujer que lo había comprado en una subasta fuera algo que él hubiera tenido planeado desde mucho antes de que ella levantara la mano.
Valentina abrió la puerta en traje sastre, con el café en la mano y sin ningún gesto de bienvenida, porque esto no era una bienvenida. Era el primer día de trabajo de su asistente personal, y los asistentes personales no recibían bienvenidas, recibían instrucciones.
—Pasa —dijo, dándose la vuelta sin esperarlo.
Lo llevó por el pasillo con paso deliberado, pasando de largo el cuarto de invitados con su cama king y su terraza, pasando de largo el estudio con su sofá de cuero y sus ventanas enormes. Abrió la última puerta de la izquierda y se hizo a un lado. La habitación del servicio tenía una cama individual, un escritorio pequeño y una ventana al patio interior donde los tubos de ventilación del edificio producían un zumbido constante. Limpia. Funcional. Diseñada para dejar muy claro qué lugar ocupaba él en ese apartamento.
Andrés entró. Dejó la maleta al pie de la cama. Miró la ventana, la cama individual, el escritorio del tamaño de una mesita de café. Y después la miró a ella, no a la habitación, a ella, directamente a los ojos, con esa calma suya que no pedía disculpas por nada.
—Está bien —dijo.
Dos palabras. Con una voz tan tranquila que sonaba a que podía con esto y con diez cosas más, y que la habitación del servicio era exactamente lo que había calculado encontrar. Valentina sostuvo su mirada durante un momento sin parpadear. Después salió al pasillo porque quedarse ahí esperando una reacción que no llegaba era perder, y ella no perdía.
Las instrucciones las había escrito la noche anterior en una hoja blanca con su letra apretada: café negro sin azúcar a las seis, agenda impresa antes de las ocho, silencio durante sus llamadas, disponibilidad completa de lunes a domingo. Al final, subrayado: ninguna iniciativa propia. Ningún acceso a nada sin autorización expresa. Se las dejó sobre la encimera de la cocina sin decirle nada, porque los asistentes leían sus instrucciones solos.
A las once de la mañana, Valentina estaba terminando una llamada con un cliente cuando escuchó que el ama de llaves entraba por la puerta principal. Colgó el teléfono, tomó la pequeña campanilla de plata que había dejado sobre su escritorio esa mañana con toda la intención del mundo, y la agitó dos veces.
Andrés apareció en el umbral del estudio en menos de un minuto.
—Mi bolso negro —dijo Valentina, sin levantar la vista de su pantalla. —Lo dejé en el coche. Que lo suban.
Detrás de Andrés, el ama de llaves había entrado al salón y escuchaba con la discreción entrenada de quien lleva años en ese trabajo. Valentina lo sabía. Lo había calculado así. Quería que alguien en ese apartamento viera a Andrés Vargas, el hombre que había dirigido uno de los grupos empresariales más importantes del país, bajar a buscar su bolso al coche.
Andrés la miró durante un segundo. Un solo segundo en el que Valentina levantó los ojos de la pantalla y se encontró con los suyos, y lo que vio ahí no fue humillación ni rabia ni ninguna de las cosas que había esperado encontrar. Fue algo que se parecía peligrosamente a que él entendía exactamente lo que ella estaba haciendo, y que había decidido no darle la satisfacción de reaccionar.
—Ahora mismo —dijo, y se fue.
Valentina volvió la vista a la pantalla. Debería haberse sentido bien. No se sentía bien. Sentía algo más parecido a la frustración de quien lanza una piedra al agua y el agua no produce olas.
La tarde transcurrió sin incidentes. Andrés cumplió cada instrucción sin comentarios: la agenda impresa a tiempo, el café a la temperatura exacta que ella no le había dicho pero que él recordaba de otra época, los documentos organizados sobre su escritorio cuando ella salió del baño a la una y media. Todo en su lugar. Todo sin iniciativa propia. Todo con esa eficiencia tranquila que era más irritante que cualquier error habría podido ser.
A las cuatro de la tarde, Valentina entró a su habitación a cambiarse para una reunión. Pasó al baño, se dio una ducha rápida, envolvió su cabello en una toalla y salió al pasillo con otra toalla al cuerpo, buscando el vestido que había dejado sobre la cama antes de entrar.
Andrés estaba en el pasillo.
Tenía la agenda impresa de la tarde en la mano y evidentemente acababa de llegar a dejarla en la puerta de su habitación, porque su mano todavía estaba levantada hacia el marco cuando los dos se vieron al mismo tiempo. La distancia entre ellos era de menos de un metro. Valentina llevaba una toalla que llegaba a la mitad del muslo y el cabello húmedo y nada más, y el pasillo era estrecho y la luz de la tarde entraba oblicua desde la ventana del fondo e iluminaba todo con una claridad que en ese momento resultaba completamente innecesaria.
Ninguno de los dos se movió de inmediato.
Los ojos de Andrés bajaron. No fue un movimiento rápido ni tampoco lento: fue el movimiento de alguien que mira algo antes de decidir que no debería estar mirándolo, y que se tarda un segundo más de lo razonable en tomar esa decisión. Recorrieron desde su cuello hacia abajo con una lentitud que Valentina sintió en la piel antes de que su cabeza procesara lo que estaba pasando, y cuando su mirada volvió a subir hasta los ojos de ella, algo en el aire del pasillo había cambiado de temperatura.
Valentina abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, alguna frase cortante que reestableciera el orden de las cosas. No salió nada. Su cuerpo recordaba demasiado bien lo que era que Andrés Vargas la mirara de esa manera, y ese recuerdo le llegó entero, físico, sin filtros, en el peor momento posible.
Fue Andrés quien se movió primero. Dejó la agenda sobre el suelo frente a su puerta sin decir una palabra y se giró hacia el pasillo. Valentina lo vio alejarse y bajó los ojos hacia su mano, la que había sostenido la agenda: sus nudillos estaban blancos alrededor del borde de la carpeta que apretaba contra su costado. Eso fue lo único que se llevó del pasillo. Eso y el hecho de que le temblaban un poco las rodillas cuando por fin entró a su habitación y cerró la puerta.
Se apoyó contra la puerta cerrada durante un momento. Respiró. Se dijo que esto era exactamente lo que no podía pasar. Que ella lo había comprado para humillarlo, no para que su cuerpo empezara a recordar cosas que había enterrado con mucho esfuerzo durante cinco años. Que treinta días eran treinta días y que ella tenía el control de todo lo que pasaba en ese apartamento.
Se lo dijo tres veces antes de que empezara a sonarle razonablemente convincente.
Esa noche, pasada la medianoche, Valentina pasó frente a la habitación del servicio de camino a la cocina y la maleta de Andrés estaba en el pasillo, apoyada contra la pared con la cremallera lateral entreabierta. Sin pensarlo, se agachó y la cerró, y en ese movimiento sus dedos encontraron el borde de una fotografía que asomaba entre la ropa.
La sacó. Era ella, con el pelo suelto y una camisa de rayas azules que ya no existía, riendo hacia algo fuera del encuadre. Los bordes del papel estaban gastados con el desgaste de muchos usos. Valentina la sostuvo bajo la luz del pasillo y la giró.
Al dorso, escrita con la letra apretada de Andrés, había una fecha.
No era la fecha en que se había tomado la foto. No era una fecha de su relación ni del año en que se habían conocido. Era la fecha de hoy. El día de hoy, escrito con tinta azul sobre el dorso de esa fotografía desgastada, como si él hubiera sabido exactamente en qué fecha iba a empezar todo esto.
Como si llevara tiempo esperando este día.







