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CAPÍTULO 5: EL NOMBRE QUE NO DEBE PRONUNCIARSE

El sueño no llegó. Valentina estuvo en su estudio hasta las dos de la mañana con el contrato abierto, buscando el nombre detrás de la firma que no reconocía, tirando del hilo de una firma que había llevado a una empresa, y esa empresa a un socio, y ese socio a un nombre que cuando apareció en la pantalla hizo que su mano se detuviera sobre el teclado.

Rodrigo Castellanos.

Lo buscó durante veinte minutos más, no porque necesitara confirmar que era real sino porque mientras buscaba no tenía que procesar del todo lo que significaba. Encontró su participación en el fondo Altea. Encontró los cuatro nombres de empresas competidoras donde Castellanos tenía participación silenciosa. Encontró registros de su empresa reactivada seis semanas antes de la gala, con una precisión temporal que no era coincidencia sino calendario. Y encontró, en un artículo de cinco años atrás enterrado en la hemeroteca de un diario financiero, su nombre vinculado al colapso del grupo Vargas Capital.

El mismo día. Todo el mismo día.

Cerró el portátil, salió del estudio y encontró la luz del salón encendida.

 

Andrés estaba de pie frente a la ventana grande con una taza vacía en la mano y la vista sobre la ciudad. Llevaba la misma ropa de antes, lo que confirmaba que tampoco él había dormido. No se giró cuando ella entró, pero su cuerpo cambió levemente, ese ajuste mínimo de quien sabe que alguien ha entrado y elige esperar.

Valentina abrió la boca para decir el nombre.

dijo él, antes de que ella pudiera pronunciarlo.

El nombre salió de su boca con la naturalidad de algo que ha vivido ahí durante mucho tiempo y que esta noche, finalmente, encuentra la salida. Valentina se quedó parada en el centro del salón procesando no el nombre, que ya lo tenía, sino el hecho de que él lo hubiera dicho primero. Sin pregunta previa. Sin que ella abriera la conversación. Como si hubiera estado esperando este momento desde antes de la gala, desde antes del contrato, desde mucho antes de que ella levantara la mano en el teatro.

dijo ella.

Valentina dejó que eso ocupara el espacio del salón durante un momento. Cinco años con ese nombre. Cinco años sabiendo quién había destruido su empresa y quién había estado moviéndose alrededor de Ríos Consulting, y sin decirle nada. Sin advertirla. Sin aparecer.

preguntó, y su voz tenía algo que pocas personas habían escuchado en ella: no era rabia, era la pregunta real, sin armadura.

Andrés se giró hacia ella por fin. Sus ojos la encontraron con una directitud que Valentina sintió en el estómago antes de procesarla en la cabeza.

dijo. 

Valentina lo miró durante un momento largo. Después preguntó lo que llevaba cinco años sin poder preguntarse en voz alta.

Andrés no respondió con palabras.

Dio dos pasos hacia ella. Lentos, directos, sin rodeos, y Valentina no retrocedió porque a estas horas de la noche ya no le quedaba energía para administrar las distancias. Cuando él llegó hasta donde estaba ella, levantó las dos manos y le tomó la cara con cuidado, con las palmas sobre sus mejillas y los pulgares rozando el borde de su mandíbula, y la miró.

No dijo nada. No la besó. Solo la miró de esa manera que Valentina recordaba de otra época y que había intentado con mucho esfuerzo convencerse de que había olvidado: como si ella fuera lo más importante en cualquier habitación en la que estuvieran los dos. Como si cinco años y una cicatriz y un nombre en un contrato no hubieran cambiado eso en absoluto.

Su respiración llegó a ser la única cosa audible en el salón. La ciudad seguía ahí detrás de la ventana pero sonaba muy lejos. Las manos de Andrés sobre su cara eran cálidas y firmes y completamente quietas, y Valentina sintió algo que llevaba cinco años sin sentir de esa manera particular: que no estaba sola en esto.

No supo cuánto tiempo estuvieron así. Lo suficiente para que su cuerpo empezara a inclinarse levemente hacia él sin que ella se lo ordenara. Lo suficiente para que sus manos subieran hasta los antebrazos de él y los sostuvieran, sin apretarlos, solo sosteniéndolos, como confirmando que eran reales.

Fue ella quien apartó la cabeza primero. Un movimiento pequeño hacia un lado, suficiente para salir del ángulo de sus manos, y Andrés la dejó ir sin resistencia, aunque sus palmas tardaron un segundo más en separarse de su piel, como si necesitaran ese segundo para terminar de soltarla.

Valentina dio un paso atrás. Andrés bajó las manos. Los dos miraron en direcciones ligeramente distintas durante un momento, como hacen las personas cuando algo ha pasado y ninguna de las dos sabe exactamente qué hacer con ello todavía.

dijo Valentina al fin, con esa voz suya de decisiones tomadas que era la única voz que sabía usar cuando el resto de sus voces se habían agotado.

dijo él.

Valentina fue a la cocina a preparar café porque necesitaba hacer algo con las manos. Andrés la siguió y se sentó en uno de los taburetes de la isla, y durante los siguientes veinte minutos le contó todo: la estructura de Castellanos dentro del fondo Altea, las cuatro empresas competidoras, la manera en que había entrado en Ríos Consulting, la cláusula que convertía su contrato en una jaula. Lo contó con la claridad de quien ha estudiado algo durante mucho tiempo y que por fin puede decirlo sin calcular las consecuencias.

Valentina escuchó sin interrumpirlo. Cuando terminó, los dos tenían el café frío frente a ellos y la ciudad empezaba a aclarar por la ventana con esa luz gris y fría del amanecer que no anuncia nada bueno sino simplemente otro día.

Fue entonces que llegó el sonido del ascensor en el vestíbulo y después el golpe suave de algo deslizándose bajo la puerta del apartamento.

Un sobre blanco, sin remitente, con el sello dorado del hotel Altea en la solapa.

Valentina lo abrió. Dentro había dos tarjetas de invitación para la inauguración del hotel en la isla, una con su nombre y una con el de Andrés, las dos firmadas a mano por Rodrigo Castellanos. Valentina giró su tarjeta. Al reverso, escrito con tinta negra y letra pequeña y precisa, había una sola línea.

La leyó. Se la pasó a Andrés sin decir nada.

Él la tomó, la leyó, y por primera vez en cinco capítulos, en cinco días, en todo el tiempo que llevaban en ese apartamento, su cara cambió. No fue mucho. Fue un segundo, un solo segundo en que algo en su mandíbula se endureció y sus ojos perdieron la calma que había mantenido frente a la habitación del servicio y la campanilla y la silla del asistente y los papeles en el suelo y todo lo demás.

Un segundo. Pero Valentina lo vio.

La nota en el reverso de la tarjeta decía:

"Ya sé que está ahí, Vargas. Llevas cinco años creyendo que la protegías manteniéndola lejos.

Qué lástima que hayas llegado tarde. Los espero a los dos en la isla.

Esta vez no habrá cicatriz. Será algo mucho más permanente."

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