CAPÍTULO 41 — El anillo de bodas
Gabriel salió de la ducha envuelto en el vapor tibio que todavía impregnaba el baño. Se secó el cabello con una toalla blanca, se miró al espejo y respiró hondo. Había dormido poco, pero no se sentía cansado. Se vistió con calma, colocándose su camisa perfectamente planchada, abotonando uno a uno los puños con precisión. Aquella rutina le resultaba casi terapéutica, un refugio silencioso ante el caos que solía esperarlo en la empresa.
Mientras ajustaba su reloj