La noche aún palpitaba con el eco de la humillación cuando William cerró con fuerza la puerta del comedor. Los candelabros seguían encendidos, las copas llenas, pero el alma de la mansión Pembroke se había oscurecido. Isabel caminaba a su lado, con el rostro encendido por la indignación. Ni una sola palabra había dicho desde que expulsó a su madre del salón, pero sus manos temblaban de furia. William, pese a todo, la miró con una mezcla de desconcierto y ternura. Jamás imaginó que Isabel sería