Las calles de Milán estaban atestadas, al punto que no se podía caminar cómodamente. La gente yendo en todas direcciones no me dejaban avanzar mucho a pesar de que trataba de seguirle el paso a Costas.
Me detuve de golpe y cansada al borde del rayado peatonal, mientras los autos cruzaban a toda velocidad. Sólo cuando la gente delante de mí comenzó a movilizarse supe que el semáforo había cambiado. Costas se adelantó unos pasos y yo me apresuré a alcanzarlo para cruzar rápidamente pero un claxo