El despacho de Judy Barrymore estaba envuelto en penumbras. La lámpara de escritorio iluminaba los documentos en un resplandor dorado, mientras la niebla de Grayhaven se colaba por la ventana entreabierta como un presagio inevitable. Judy sostenía una copa de vino tinto y observaba la calle con aire de estratega que lo controla todo, incluso la oscuridad.
Blake permanecía unos pasos atrás, con el gesto tenso. Sabía que Judy estaba de mal humor y, cuando ella se mostraba así, lo mejor era no