La mañana amaneció gris en Grayhaven. La neblina aún cubría parte del puerto, como si no quisiera retirarse del todo, y el olor a sal y madera húmeda se colaba por las rendijas de la ventana de la posada. Allyson Drake se levantó antes de que el reloj marcara las seis, incapaz de dormir más. El peso de la llamada de la noche anterior con el FBI seguía oprimiéndole el pecho.
Se vistió con ropa sencilla, un suéter claro y pantalones oscuros, y bajó a desayunar. La posadera, una mujer robusta de s