Hermes fue al baño y dejó que el agua fría le golpeara el rostro. El chorro helado no calmó su tormenta interna.
Se miró al espejo: ojos inyectados en sangre, mandíbula apretada, un rostro al borde del abismo. No podía pensar con claridad.
Todo en su vida había dado un vuelco, necesitaba saber si esa mujer que estaba en la planta baja era Darina.
Cuando salió de la habitación, Alondra quiso ir con él.
La escuchó acercarse. Su respiración se tensó. No podía lidiar con ella, no ahora.
—Tú, no —di