Azucena se acercó con pasos firmes, los ojos llameantes, y volvió a alzar la mano, dispuesta a golpear una vez más.
Pero esta vez, Alfonso fue más rápido.
La sujetó con fuerza por la muñeca, deteniéndola antes de que la bofetada alcanzara a Anahí.
—¡Basta, madre! —gritó—. ¡No le pegues! ¡Es la madre de mi hijo!
En la oficina todo se congeló. El tiempo pareció suspenderse por unos segundos eternos.
Los ojos de Azucena se abrieron con un sobresalto genuino, el impacto la dejó sin aliento por un mo