El auto frenó de golpe frente a la comisaría.
Hermes bajó con tanta prisa que sus heridas se abrieron un poco más. Le ardían los músculos, la sangre seguía secando bajo su camisa, pero el dolor físico no importaba. Nada importaba salvo una cosa. Darina.
—¡Hermes, espera! —exclamó Alfonso, tratando de sujetarlo—. ¡Mírate! Estás hecho pedazos, no puedes ni caminar derecho.
Pero Hermes no lo escuchaba. No podía. No quería.
Darina estaba ahí dentro. Sola. Encerrada. Humillada por su culpa.
Cada pas