El corazón de Darina golpeaba con fuerza contra su pecho, como si en cualquier momento fuera a estallar. Sentía que la sangre le zumbaba en los oídos y que las piernas apenas la sostenían.
Ahí estaba él.
Hermes.
Acostado en la cama… con sus hijos.
La escena tenía algo casi sagrado, como una pintura familiar arrancada de otro tiempo nunca visto, uno más feliz.
Pero para Darina no era más que una profanación.
Ese hombre no tenía derecho a estar ahí. No en su casa. No con sus hijos. No en su vida.