El silencio era un monstruo espeso entre ellos.
—Entonces mátame —sentenció Hermes con la voz profunda, la mirada clavada en la suya, sin un solo parpadeo—. Vamos, hazlo. Si es la única forma de sacarme de aquí, dispara. Pero no voy a irme. Ya no.
Avanzó un paso más. Sus ojos ardían con una mezcla de rabia, dolor contenido y... ¿Ternura?
—He estado enloqueciendo durante años, Darina. Jugando este juego ridículo de gato y ratón contigo. Pero ya se acabó. Estoy aquí, con mis hijos. No me iré. Si t