Los gritos de la mujer desgarraban el aire, como cuchillos hechos de culpa. El eco de su sufrimiento retumbaba por todo el sótano oscuro donde Hermes la había encerrado, un lugar sin ventanas, sin escapatoria. Cada latigazo la sacudía, y, aun así, no alcanzaba a igualar ni una décima parte del dolor que él había sentido.
Hermes no apartaba la mirada. Sus ojos eran dos abismos fríos, sin rastro de piedad.
—¡Por favor, Hermes! ¡Escúchame! —gimió la mujer, jadeando entre sollozos—. Todo… todo lo hi