Alexis y Jeremías llegaron a la casa con los pasos acelerados, como dos tormentas que no encontraban calma.
La mansión alzó su silueta ante ellos, elegante y ajada por el tiempo; las ventanas reflejaban una luz pálida que multiplicaba la sensación de urgencia en el pecho de ambos.
Llamaron a la puerta principal con un golpe seco que resonó por el vestíbulo como un tambor; por un segundo el silencio contestó, tenso y expectante.
El mayordomo apareció casi de inmediato.
Los dejó pasar sin pregunta