—Así que mi querido esclavo se siente con el derecho, o más bien la insolencia, de enfadarse con su ama —pronuncio con una voz cargada de veneno y un toque de burla, mientras doy un paso hacia él, manteniendo mis ojos fijos en los suyos.
Sin apartar la mirada ni un segundo, deshago con parsimonia el nudo de mi bata de seda negra, sintiendo cómo la tela se desliza por mis hombros.
—Ahora, Gabriel, vas a ser debidamente castigado por toda esta insolencia.
La dejo caer al suelo, revelando lo que o