Estoy profundamente impaciente, sí; eso es algo que no voy a negar bajo ninguna circunstancia. Tengo en este preciso momento más de veinte minutos cronometrados esperando a Gabriel en el interior de mi despacho, pero él aún no se digna a llegar a nuestra cita. Todo el mundo en el círculo corporativo sabe de sobra que la paciencia jamás ha sido una de mis virtudes más destacadas, pero ahora me doy cuenta con perfecta claridad de que no todos tienen ese dato tan presente en sus cabezas, o