—Me lo llevo también, póngamelo todo junto —le digo a la cajera, intentando que mi voz suene lo más madura e imperturbable posible, mientras señalo la bolsa de agua caliente que me acaba de recomendar. El calor de la vergüenza sigue subiendo por mi cuello, pero mantengo la mirada fija en el mostrador.
—Ya me gustaría a mí tener un marido tan considerado como usted, caballero, para que me haga compras de este tipo sin avergonzarse ni un solo segundo —responde la dependienta con una sonrisa genui