12. El castigo
Lyra
El silencio pesa más que el dolor.
Estoy de pie frente a Alaric, y aunque mis piernas arden, aunque cada músculo me suplica que me siente, no me atrevo a moverme. Su presencia llena la habitación como una tormenta contenida. Puedo sentirla en la piel, en el aire, en el modo en que la temperatura parece descender varios grados.
Sus ojos están rojos.
No de deseo.
De furia.
—Te lo preguntaré una sola vez —dice, con una voz tan baja que resulta más peligrosa que un grito—. Y te sugiero que no m