La criada notó que Bella se colaba en la habitación de Lucian y, curiosa, la siguió en silencio. En cuanto la puerta se cerró, se acercó sigilosamente y pegó la oreja a la madera.
Dentro, Lucian estaba sentado en el sofá, con una toalla enrollada baja en la cintura y las piernas abiertas con total desenfado. Un cigarrillo descansaba entre sus dedos, y el humo se elevaba perezosamente en el aire. Al levantar la vista y ver a Bella, una lenta sonrisa arrogante curvó sus labios.
Ella bajó la mirad