Antes siquiera de pensar en escabullirme del edificio, lo encontré sentado en uno de sus sillones grises, escribiendo con rapidez en su laptop.
—Yo… —balbuceé, apretando con fuerza mi bolso.
—No tienes que preocuparte por la señora Johnson —dijo con calma, sin levantar la vista—. Sabe que pasaste la noche aquí conmigo.
—Gracias… por anoche, y por dejarme quedarme.
—No hay problema —respondió, sin más. ¿Así de simple?
—Puedo pedirle a mi chofer que te lleve de regreso al campamento —ofreció—. O