La luz de la mañana entraba por las cortinas del apartamento.
Mateo abrió los ojos lentamente, inmediatamente se arrepintió.
—Ah… mierda.
Se llevó una mano a la frente.
La cabeza le latía como si alguien estuviera golpeando un tambor dentro de su cráneo.
Desde la cocina se escuchó el sonido de una taza sobre la encimera.
Mateo giró la cabeza lentamente.
—¿Tara?
—En la cocina.
Mateo se incorporó con cuidado.
Cada movimiento parecía una mala decisión.
Cuando llegó a la cocina, Tara estaba apoyada