Harvey se acostó a su lado sin decir nada.
Tara permaneció boca arriba, mirando el techo.
Sentía el cuerpo cansado de una forma nueva, más profunda. No era sueño.
Harvey apoyó una mano sobre su abdomen.
Ella no se movió.
No porque doliera.
Porque ya no estaba segura de qué significaba ese contacto.
Cerró los ojos. La imagen llegó sin aviso: la habitación blanca, la voz suave, el después.
No lloró. No esa noche.
Harvey respiraba cerca. Tan cerca que habría sido fácil apoyarse en él.
No lo hizo