Lorena no aceptó de inmediato. Al otro lado de la línea se oyó el ruido de las hojas del contrato.
—El trámite puede tardar unos días. Todavía tienes dos compromisos comerciales; primero tengo que negociar cómo cancelarlos.
Respondí en voz baja que estaba bien. Lorena me conocía demasiado bien y añadió:
—¿No quieres pensarlo un poco más? Si firmas, vas a perder una fortuna.
Me quedé mirando la delgada franja de luz que se colaba por debajo de la puerta de emergencia. Recordé que mi papá, Héctor Ríos, me había hecho la misma pregunta mucho tiempo atrás.
Yo tenía diecinueve años y los de la agencia me habían acorralado con un contrato en el área de pagos del hospital. Papá acababa de salir de su segunda operación. Estaba en los huesos, pero aun así estiró la mano para acariciarme la cabeza.
Me dijo que, si no quería actuar, no tenía que hacerlo. Nuestro carrito de choripanes seguía ahí. Él podía mantenerme.
Tiempo después, papá murió y yo no pude volver a mi pueblo. Un vecino guardó en un depósito aquel carrito de pintura descascarada. Llevaba cinco años allí.
—Empieza con el trámite —murmuré, hundiendo la cara entre las rodillas—. Para cuando esté listo, supongo que ya habré decidido.
De pronto tocaron la puerta.
—Alicia, Benjamín te está buscando.
Me puse de pie enseguida.
En su sala de descanso, Benjamín estaba solo. Sobre la mesa había un ejemplar del guion. Donde antes figuraba mi nombre, ahora decía Yolanda.
Él hablaba por teléfono junto a la ventana. La camisa negra le marcaba la cintura estrecha; llevaba las mangas remangadas hasta los codos y un reloj de lujo.
Colgó al verme entrar.
—¿Dónde te habías escondido?
—Estaba atendiendo una llamada.
—¿De quién?
—De Lorena.
Levantó la mirada.
—¿Fuiste a quejarte?
—No.
Nunca se me había dado bien eso. De niña, cuando alguien me lastimaba y papá me preguntaba qué había pasado, yo solo decía que me había caído. Si le contaba, él cerraba el puesto y salía en su viejo auto a buscar a los responsables.
No ganaba mucho al día. Me dolía pensar en cada choripán que dejaba de vender por salir a defenderme.
Benjamín me tendió la mano y me acerqué, obediente. En cuanto estuve a su alcance, me sujetó de la cintura y me atrajo hacia él.
—¿Te quedas sin el papel y ya piensas evitarme?
Apoyó la barbilla en mi hombro y me rozó el cuello con la nariz. Su voz seguía siendo fría, pero metió la mano bajo mi chaqueta y me acarició despacio la cintura un par de veces.
Era una costumbre suya. En público, hasta tres metros de distancia entre nosotros le parecían pocos. A solas, si yo estaba cerca, siempre tenía que estar tocándome.
—No te estoy evitando.
—Entonces, ¿por qué no me preguntas?
Guardé silencio un momento.
—Si te pregunto, ¿me lo vas a devolver?
Su mano se detuvo. Me levantó el rostro y me miró a los ojos.
—¿Lo quieres?
Asentí.
Él me había llevado ese guion dos años antes. Yo estaba acurrucada en el sofá, comiendo papas fritas. Benjamín me dijo que la protagonista estaba escrita para mí.
Me emocioné tanto que no dormí en toda la noche. Pasé tres meses ensayando mis diálogos a escondidas. Pero, el mismo día que llegó Yolanda, él le entregó el guion.
—Si lo quieres, pídelo como se debe —dijo, sujetándome suavemente la barbilla—. No pongas esa cara de que todo te da igual.
Reuní valor.
—Entonces, ¿me lo puedes devolver?
Su mirada se suavizó visiblemente, pero enseguida se oyó la voz de Yolanda al otro lado de la puerta.
—Benjamín, el director me mandó a ensayar contigo la última escena.
Me miró unos segundos más y me soltó.
—Ya es tarde. Lo anunciaron oficialmente. Cambiar de actriz ahora la perjudicaría.
Sentí una opresión en el pecho.
—Ah.
—¿Otra vez? —Frunció el ceño—. No soporto que te pongas así.
Bajé la cabeza.
—Perdón.
Su expresión se endureció aún más.
Yolanda abrió la puerta. Llevaba el uniforme escolar de la película y el cabello recogido en una cola de caballo alta. Se parecía muchísimo a mí cuando apenas empezaba en el medio.
—Ah, Alicia, tú también estás aquí.
Abrazó el guion, un poco cohibida.
—Benjamín dice que tengo algo de la protagonista cuando era joven. No estarás molesta conmigo, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
—No.
En realidad, no era culpa suya. Él era quien me había prometido ese papel.
Yolanda se sentó feliz junto a Benjamín, pero él no la miró. Sus ojos me siguieron hasta la puerta.
—No te vayas esta noche —dijo de pronto—. A Yolanda no le sale una escena de llanto. Enséñale.
Me volví.
—¿No puede enseñarle el director?
Benjamín entrecerró los ojos.
—¿No querías el papel? Entonces demuestra que eres más adecuada que ella.
Con eso reavivó la poca esperanza que estaba a punto de apagarse. Apreté contra mí mi viejo guion.
—Está bien.
Por fin se le suavizó un poco el gesto.
—Así me gusta.
Me quedé hasta las dos de la madrugada. Cuando Yolanda terminó de rodar, todos la rodearon para celebrar. El director elogió la sensibilidad que había demostrado en la escena de llanto. En medio del grupo, Benjamín le puso él mismo una chaqueta sobre los hombros.
Casi nadie sabía que yo le había enseñado cada pausa y cada lágrima, una y otra vez, escondida detrás de los monitores. Mucho menos que, como una tonta, seguía creyendo que, si lo hacía lo bastante bien, Benjamín me devolvería el papel.