36.
KAYNE
Los siguientes minutos se sintieron como horas interminables, parado en el mismo lugar donde la vi alejarse en esa camilla.
Mis ojos permanecen fijos en la puerta que lleva a su habitación, escuchando sus leves latidos a punto de extinguirse en una máquina.
Pero más que escucharlos, los sentía en mi propio pecho, en mi propia alma, apagándose cada vez más.
Ella estaba muriendo; lo único bueno que había encontrado, que había querido sostener sin quebrarlo, se estaba yendo.
Alioth