La ventanilla del coche se bajó y el rostro estoico de Leonardo apareció ante sus ojos.
—Quería asegurarme de que llegarías bien a casa. Me voy enseguida.
—No, no somos novios ahora. No hace falta que te preocupes por mí.
—¡Natalie!
Los ojos de Leonardo se volvieron fríos y dijo lentamente: —Sé que sigues enfadada ahora, no interferiré en tu vida, pero hay cosas en las que no retrocederé, por ejemplo tu seguridad.
Natalie frunció el ceño y cuando iba a decir algo, Leonardo arrancó el coche y se