De vuelta a casa, Natalie se acercó, al oler el leve olor a alcohol en él, frunció el ceño y preguntó: —¿Bebiste?
Leonardo agitó rápidamente las manos y dijo: —No bebí, de verdad.
Natalie puso los ojos en blanco: —No me mientas, puedo olerlo, dime, ¿estuviste con Emiliano?
Leonardo sonrió impotente: —Mi amigo está en problemas.
Si Emiliano no se lo hubiera suplicado por teléfono, no habría venido esta noche.
Al fin y al cabo, Natalie e hija eran lo único que le importaba ahora.
Natalie se llevó