El todoterreno rojo salió a toda velocidad por el arcén, Natalie frenó en seco y ajustó constantemente la dirección del volante.
Mafresa, en el asiento trasero, se puso blanca de miedo, mordiéndose con fuerza el labio inferior para no gritar, e Isaac, en el asiento del copiloto, mantenía la cara enrojecida.
Al cabo de unos minutos, la velocidad del coche disminuyó.
De vuelta a la carretera, cuando Natalie iba a arrancar el coche para irse, Isaac se apresuró a decir: —¡Espera!
Después de decirlo,